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El día que debimos volver a casa.

Una visión del trabajo y la educación desde casa


Hace poco más de un año cuando tomé la decisión de volver a trabajar organicé perfectamente la rutina familiar de forma que mientras yo cumplía con mi labor, mi hija Gabriela estuviera en el jardín y meses más tarde en el colegio. 

El plan nos duró poco desde de que ella empezó en el Cole y cuando todos nos habíamos adaptado a nuestras rutinas, el rumbo cambió. De repente yo no volví a la oficina, mi hija tampoco volvió a abrazar y jugar con sus amigos, ni a montarse en la ruta escolar de “Don Victor” y mi esposo tampoco regresó al trabajo. 

Reconozco que no fue fácil estar en casa de tiempo completo; dejar de lado las reuniones en sala de juntas, los espacios propios ya logrados y enfrentarnos con una realidad que cada uno desde nuestros hogares, hemos vivido de forma diferente. Para mí el esfuerzo extra fue poner a conversar mis deberes del trabajo, los de la casa y sobretodo empezar el desafío de la educación virtual para mi hija de casi cuatro años. 

A lo largo de los últimos tres meses varios salvavidas me han facilitado la existencia: Mantener las rutinas para lograr momentos de conexión a clases, tener un espacio y un escritorio para las reuniones de trabajo y garantizar horas de sueño y descanso para todos. Gracias a esto he ido aprendiendo a “ESTAR PRESENTE” en tiempo exclusivo para ellos, lejos de las pantallas o de algo que nos robe la atención. Es nuestro tiempo de juego, de historias, de pintar, de acompañar a Gabriela en sus clases, de ver una película juntos y de conectarnos para disfrutarnos en tiempo real. 

Reconozco que, en mi afán de estar en todas las actividades del colegio, me frustraba un poco no poder dedicarle siempre mi atención. He aprendido a delegar y a soltar el control, a entender que mientras yo trabajo, mi esposo también puede asumir de la mejor manera la responsabilidad del hogar y esto es liberarme de culpas que al final no hacen más que generarme un estrés adicional. 

Aquí todos hemos tenido un aprendizaje importante, todos hemos ido adaptándonos a la nueva forma de ver el mundo, de vivir. Para mí el reto más grande ha sido ella: Gabriela. A sus casi cuatro años está aprendiendo el sonido de las letras, los trazos, los roles, deportes y más, a través de una pantalla. Tener su espacio y su propio escritorio para niños es clave, pues permite hacerles los encuentros con sus profes y amigos desde la virtualidad, tan divertidos y felices como los tenían en el colegio. Que en su lugar haya colores, vida, orden, diversión y mucho amor. Quiero que ella, así como todos los que trabajamos desde casa, pueda encontrar un lugar en el que se sienta feliz. Es esta la realidad de la que estamos aprendiendo, a la que nos estamos ajustando y la que debe sacar lo mejor de cada uno de nosotros. 

Ahora tengo lo que tanto extrañé cuando regresé al trabajo algún día, el olor y el sabor del café recién molido, el desayuno en la mesa con los míos, las actividades en casa con Gabriela, de las cuales aprendemos a la par, abrazos garantizados, nuevas recetas en el tiempo libre y conexión de amor con quienes elegí disfrutar mi vida. 

¡Necesitábamos todos volver al hogar, habitar los espacios que teníamos olvidados, hacerlos propios y disfrutar de ellos, descubrir lo que nos apasiona y volverlo una prioridad, abrazar nuestros miedos y transformar esta experiencia en una oportunidad para amarnos más y mejor!

 

Ana María Garcés Mejía

Psicóloga y mamá en permanente construcción. Enamorada de cada espacio de mi vida: mi familia, mi trabajo y mi profesión. Apasionada por los temas de crianza, el desarrollo del SER y el potencial de cada persona para su crecimiento personal. 

@huellasdemamá_blog